21 de juny 2007

Ascensor al purgatori

Cercant ascensors famosos vaig anar a parar a un bloc, el deixo en el seu idioma original.

És bastant surrealista, un relat que podria servir de base per a una pel·lícula d'Almodovar, una prova més de que la realitat supera la ficció.


Mar



"Esto sucedió cuando yo tenía alrededor de ocho años y vivía en el quinto piso "A" de un edifico sobre la Av. Honorio Pueyrredón.

En esa época ochentosa se ve que estaba de moda hacer unas cortinas con cañas, cortadas en pedazos y atravezadas por un hilo junto con algunos cosos de colores. En fin, no sé, algo que a la distancia es horrible pero que en su momento también lo era y nadie lo hacía notar. Como la fábula del traje nuevo del Emperador. La cosa es que mis viejos, en esa época jóvenes emprendedores, fueron junto a mis tíos -la hermana de mi papá con su marido, en esa época también jóvenes emprendedores- a comprar unas cañas para realizar las cortinas durante un sábado amable y en familia.

Las compraron nomás. Eran unas cañas larguísimas, como de cuatro metros cada una, que hubo que trasladar en un auto con el baúl abierto y el orgullo consiguiente de sus tripulantes: a quién no le gusta llamar la atención trasladando algo con el auto y el baúl abierto.

Una vez llegados al edificio, mis padres y mis tíos se encontraron ante el primer obstáculo: las cañas no entraban en el ascensor. No había forma, diagonalizando, doblando, rezando. Imposible. Pero bueno, un quinto piso no es tanto y quiero recordarles que mis padres y mis tíos eran en esa época jóvenes emprendedores, entonces se mandaron por las escaleras. Cuál no sería su sorpresa al comprobar que la curva no permitía pasar las cañas en forma paralela al suelo, y que en forma perpendicular tampoco daba la altura del techo. Ahí, no les quedó más remedio que ponerse a pensar.

Surgió una idea inteligente: aprovechar el problema. Es decir, el problema era que las cañas eran largas, bueno, aprovechar que eran largas para asomarse al balcón y agarrarlas mientras alguien las sostenía desde la calle. Se intentó. Caramba. No eran tan largas. No recuerdo ahora si a alguien se le ocurrió la idea de ir al balcón del tercer piso y hacer de nexo entre la calle y el quinto. Quizás se propuso y justo en el tercero no había nadie, o había y no quizo colaborar.

Entonces a mi tío -¿a quién, sino?- se le ocurrió la Gran Idea: bajar al sótano y llamar al ascensor, subirse al techo del aparato desde la planta baja con las cañas, llamar al ascensor desde el cuarto, y abrir la puerta del quinto para sacar las cañas. Mi viejo, precavido de profesión, puso algunos reparos, pero como tampoco se le ocurrió una mejor propuesta, se lanzaron a la aventura con la ayuda del portero, Misael, que sería la alegoría bíblica de esta historia si no fuera porque todo esto es cierto y Misael se llamaba así de verdad. Nuestro amigo Misael tendría la tarea de ayudarlos a abrir las puertas del ascensor aunque el aparato no esté en el piso.

Ahora permítanme la licencia de usar el presente histórico, porque suena más lindo.

Ascensor en sótano, Misael que abre la puerta de la planta baja, mi tío -el propulsor de la idea y el voluntario, hay que reconocerle la valentía- que se sube con las cañas al techo, mi viejo desde el cuarto que llama al ascensor, y una vieja que desde el décimo también lo llama, ajena a los teje manejes de mi familia y su secuaz bíblico, y que para colmo apreta el botoncito una décima de segundo antes que mi papá.

Misael va subiendo las escaleras hasta el quinto, dispuesto a abrir la puerta, mi papá ya está en el quinto esperando, mi tío va contando los pisos porque se ve que algo está maliciando, y la vieja del décimo que ni noticias.

Todo fue en un segundo: mi tío cuenta cuatro y el ascensor no se detiene y mi viejo ve pasar al ascensor por el quinto. Ahí empiezan los gritos.

Mi viejo sube las escaleras tratando de ganarle al ascensor para abrir la puerta (recordemos, adentro del ascensor no hay nadie). Corre al sexto, el ascensor de acaba de ir, corre al séptimo, el ascensor se acaba de ir. Mientras tanto, mi tío, rezándoles a Dioses inexistentes por que no hayan llamado al ascensor desde el último piso.

Toda esta historia la fui reconstruyendo después, porque yo, pequeño e inocente, estaba en mi casa ajeno a todo. Pero lo que sí recuerdo fue el sonido de las cañas rompiéndose cuando el ascensor llegó al octavo. Ahí recuerdo haberme dicho: "Algo malo está pasando".

Mi tío, aplastado contra el techo del ascensor, bajo una lluvia de pedazos de madera, piensa: "Dentro de unos segundo, mis huesos se van a romper como estas cañas". Siempre fue un poco trágico, mi tío.

Mi viejo, al borde del colapso, pierde por muy poco la carrera contra el ascensor y cuando escucha el ruido de las cañas quebrándose, casi se desmaya.

La vieja que espera en el décimo, vaya uno a saber lo que piensa cuando escucha el ruido. Pero se debe haber asustado bastante.

Es hora de decirlo: mi edificio tenía doce pisos. El ascensor se detuvo en el décimo, mi tío quedó en el undécimo y al borde del shock nervioso, y mi viejo totalmente sin aire apareció arrastrándose en el décimo con unos deseos instintivos de asesinar a la vieja que, pobre, era la única que no tenía la culpa de nada.

Después, todos recompuestos, bajaron las cañas rotas por el ascensor, pero esta vez del lado de adentro. Aún servían, porque para las cortinas se necesitaban fragmentos de no más de veinte centímetros. Y, ahora que lo pienso, el desenlace inesperado de la aventura les puso en evidencia una solución que no se les había ocurrido antes: cortar las cañas antes de subirlas. Como decía el General: "a veces lo esencial es invisible a los ojos".

En todo caso, mis tíos tienen todavía una de esas cortinas de cañas. Probablemente la mantengan a pesar de su fealdad para alegrarse de que no esté hecha con los huesos de mi tío".
salvajadas

1 comentari:

;) Lapil ha dit...

osti... alguna cosa semblant li va passar al meu cosí que en un trasllat de pis, del que passava un tou, i feia tot el possible per escaquear-se, va i agafa una barra de cortina, i amunt i avall amb la barra fent que treballava, va i entra a l'ascensor amb la barra tombada i se li van tancar les portes ja que l'havíem picat des de l'entresòl per pujar, i se li va quedar a fora de les portes, el pom del cordill de la barra de la cortina del menjador. Es van sentir crits i "mecagons" durant tres pisos. Es veu que el cordill va cedir fins que va arribar al final i va tibar la barra i li van començar a sortir disparats els plàstics dels ganxos de la cortina dins la cabina, i amb la força se li va doblegar el pal, que per cert no el va deixar anar per res... en obrir-se les portes el vam veure tot blanc i tot de peces petites per l'ascensor... no va passar res!. El més fort és que una amiga que va veure com se li tancava la porta, va començar a baixar cridant i al segon pis la vam sentir com estava al terra pixant-se de riure. No va arribar a l'entresòl.

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